¿Puede Venezuela pasar de la estabilización económica a una transición democrática?

Venezuela atraviesa un momento complejo y, al mismo tiempo, decisivo. En los últimos años, el país logró frenar el derrumbe económico que parecía interminable: bajó la inflación respecto a los años de hiperinflación, reapareció cierto dinamismo comercial en ciudades clave y la dolarización de facto permitió una normalización parcial del consumo.

Sin embargo, esa estabilización no ha venido acompañada de una apertura política real. Al contrario, muchos analistas coinciden en que el sistema se ha reacomodado para sobrevivir con mayor control institucional, menos protestas y un Estado que sigue dominando la vida pública, aunque con capacidades limitadas.

La gran pregunta para este nuevo ciclo no es solo si Venezuela puede sostener su estabilización económica, sino si ese pequeño orden económico puede transformarse en una transición democrática. Y aquí aparece el dilema central: ¿la estabilización abre puertas o consolida el estancamiento político?

La estabilización económica y el final del caos hiperinflacionario

Durante años, Venezuela fue sinónimo de colapso económico en América Latina. Entre la caída de la producción petrolera, los controles estatales, la pérdida de inversión y la crisis institucional, el país entró en un período de contracción profunda.

Esa etapa dejó una marca clara: millones de familias perdieron su poder adquisitivo y la economía se volvió cada vez más informal. No obstante, en los años recientes, se observó un cambio importante: la economía dejó de caer al ritmo de antes y empezó un proceso de estabilización, aunque muy frágil y desigual.

La inflación se moderó en comparación con la hiperinflación histórica, el tipo de cambio tuvo momentos de mayor control y el sector privado urbano volvió a moverse, especialmente en comercios, restaurantes, servicios y consumo básico. Pero este giro no debe confundirse con prosperidad general: más bien es un ajuste que evitó el colapso total, sin garantizar bienestar estable para la mayoría.

Una economía dividida entre dólares y bolívares

La estabilización venezolana no se entiende sin hablar de la dolarización informal. En la práctica, el dólar se convirtió en la moneda de referencia para fijar precios, pagar bienes y medir costos. Esto ayudó a frenar el caos de precios, pero también creó una desigualdad estructural nueva: la Venezuela que vive en dólares y la Venezuela que sigue atrapada en bolívares.

En las principales ciudades se ve más circulación de dinero, tiendas con productos importados y una sensación de consumo que años atrás parecía imposible. Pero fuera de ese circuito, existe otra realidad: empleados públicos con salarios muy bajos, jubilados sin capacidad de cubrir la canasta básica, familias sin remesas y comunidades rurales con menos oportunidades.

El país funciona con un doble sistema y eso genera tensiones sociales: porque mientras una parte de la sociedad siente que “algo mejoró”, otra parte no experimenta ninguna recuperación y vive una crisis silenciosa.

Datos recientes que ayudan a entender el momento actual

Para ver con claridad esta etapa, es útil revisar algunos indicadores clave que muestran por qué se habla de estabilización, pero también por qué el panorama sigue siendo delicado.

IndicadorSituación actualImpacto social y político
InflaciónMás baja que en años hiperinflacionariosDisminuye el caos, pero el costo de vida sigue alto
DolarizaciónAlta en zonas urbanasEstabiliza precios, aumenta desigualdad
Producción petroleraRecuperación gradualAporta divisas, refuerza la capacidad de control
Salario realMuy debilitadoLa mayoría no puede vivir solo del ingreso formal
MigraciónPersistenteRefleja que la crisis social aún no se resuelve
Sector informalDominanteLa supervivencia depende del “rebusque” económico

Este cuadro resume algo clave: la economía se estabilizó parcialmente, pero el país no ha reconstruido su estructura productiva ni ha recuperado la calidad de vida general de manera sólida.

El petróleo como eje del poder y de la estabilidad

En Venezuela, el petróleo no es solamente un recurso: es el centro del modelo político. La capacidad del Estado para sostenerse, pagar programas, financiar redes internas y mantener control depende del flujo de ingresos petroleros. La recuperación gradual de la producción y el movimiento de licencias y acuerdos energéticos en el exterior han sido una fuente de oxígeno.

Incluso en escenarios de presión internacional, el petróleo sigue jugando como carta estratégica. Esto explica por qué el gobierno apuesta a sostener una economía que se mueva lo suficiente para reducir protestas, pero sin abrir por completo el sistema político.

Mientras el petróleo mantenga una base mínima de ingresos, el Estado tiene margen para mantener el modelo, y eso complica una transición democrática rápida.

Política: el gran bloqueo para un cambio real

La parte más difícil del panorama venezolano está en la política. La estabilización económica no se tradujo en democratización. En muchos sentidos, ocurrió lo contrario: con menos urgencia social inmediata y mayor control sobre la economía cotidiana, el sistema se reacomodó.

Los procesos electorales recientes, junto con tensiones institucionales, denuncias y restricciones a la competencia política, han reducido la confianza de sectores amplios en que el voto sea un mecanismo efectivo de cambio.

Cuando una sociedad siente que las reglas no permiten alternancia real, la transición democrática se vuelve más lejana, incluso si existe descontento mayoritario. Además, el desgaste emocional de la población también juega un rol importante: una sociedad cansada, empobrecida y fragmentada tiene menos fuerza para sostener presión política constante.

Por qué estabilización económica no significa transición democrática

Existe una idea común: que cuando la economía mejora, también se abren caminos políticos. Pero Venezuela muestra un patrón distinto. La estabilización puede convertirse en una herramienta para sostener un modelo autoritario más estable. Y esto pasa por varias razones.

Primero, porque el control institucional sigue concentrado: instituciones electorales, tribunales y organismos estratégicos continúan alineados con el poder. Segundo, porque la oposición enfrenta limitaciones estructurales: fragmentación, bloqueos, presión y dificultades para operar en igualdad. Tercero, porque el ciudadano común prioriza sobrevivir: cuando la vida se organiza alrededor de ingresos irregulares, remesas o economía informal, mucha gente evita involucrarse en conflictos políticos que no muestran resultados claros.

En ese escenario, la estabilidad económica mínima puede reducir el nivel de movilización social, incluso si no hay satisfacción real con el sistema.

¿Qué condiciones serían necesarias para una transición democrática?

Si Venezuela realmente quiere pasar de estabilización económica a transición democrática, tendría que cambiar el marco completo de reglas y garantías. No basta con elecciones sin confianza. La transición requiere un entorno de competencia creíble, con participación real y condiciones verificables.

Entre los elementos mínimos se incluye un registro electoral sólido, observación internacional robusta, transparencia total de resultados, auditorías independientes y respeto a la alternancia.

Además, una transición no puede suceder solo desde la oposición o solo desde la presión social: necesita un acuerdo político de base, porque el poder no suele abandonar el control sin garantías. Esto lleva a un punto delicado, pero central: cualquier transición implica negociación sobre seguridad personal, protección jurídica y futuro político para sectores que hoy tienen poder. Sin esa garantía, el incentivo dominante será resistir, no abrir.

El rol de las fuerzas de seguridad y la estructura del Estado

Otra pieza determinante es el papel del aparato de seguridad. La estabilidad política venezolana se apoya en una arquitectura estatal donde fuerzas armadas y cuerpos de seguridad tienen un rol de contención y control. Por eso, una transición democrática suele requerir neutralidad institucional o acuerdos internos fuertes que eviten quiebres violentos.

Mientras el aparato de seguridad se mantenga cohesionado alrededor del poder, cualquier camino hacia alternancia se vuelve más difícil. Esto no significa que el cambio sea imposible, pero sí que el proceso requiere incentivos complejos, negociaciones discretas y presión multilateral coordinada.

El factor internacional y la batalla entre presión y negociación

La comunidad internacional tiene un papel directo en el escenario venezolano. Las sanciones, licencias y acuerdos energéticos no solo afectan cifras: influyen en la política interna. Un enfoque demasiado duro puede fortalecer el discurso de resistencia y cerrar más el sistema. Un enfoque demasiado flexible puede dar oxígeno económico sin exigir reformas democráticas reales.

El desafío está en equilibrar presión y negociación para que las concesiones económicas estén vinculadas a compromisos verificables: mejoras electorales, liberación de restricciones políticas, fortalecimiento institucional y respeto a derechos civiles. El problema es que estos acuerdos suelen ser frágiles, porque el gobierno puede usar mejoras parciales como herramienta táctica sin ceder control estructural.

El país real: migración, desigualdad y fatiga social

Una transición democrática no depende solo de élites políticas. Depende de la sociedad y su capacidad de sostener demanda de cambio. Venezuela, sin embargo, vive un fenómeno que reduce esa capacidad: la migración masiva. Millones de venezolanos han salido del país y eso tiene un impacto enorme, porque parte del sector más activo y productivo ahora está fuera.

Además, la desigualdad interna ha generado una sociedad fragmentada: quienes reciben remesas o están en sectores dolarizados pueden sentirse menos urgidos a movilizarse, mientras los sectores más afectados muchas veces carecen de recursos para organizarse. La fatiga social también pesa: años de crisis generan un sentimiento de resignación en parte de la población, lo cual reduce la fuerza colectiva necesaria para impulsar un cambio democrático.

Escenarios posibles a corto y mediano plazo

El futuro inmediato puede moverse en varios caminos. Un primer escenario es la continuidad del modelo: estabilidad económica limitada, consumo urbano controlado y política cerrada. Este escenario es posible si el gobierno mantiene ingresos petroleros suficientes y controla la narrativa. Un segundo escenario es una apertura negociada: reformas electorales graduales a cambio de alivio económico internacional, con supervisión externa.

Este es el escenario que más se vincula con una transición democrática ordenada, aunque es difícil y lento. Un tercer escenario es la ruptura por crisis: un choque económico, caída de ingresos petroleros o crisis interna del poder podría abrir fisuras inesperadas, pero también podría generar inestabilidad peligrosa. El cuarto escenario es la prolongación del estancamiento: ni mejora profunda, ni transición, solo un país con economía parcialmente funcional y democracia debilitada.

Conclusión: la estabilización es real, pero no basta para democratizar

Venezuela sí logró una estabilización económica relativa, y eso es importante. Pero esa estabilización no es sinónimo de recuperación plena, ni garantiza transición democrática. La economía puede estabilizarse bajo autoritarismo, y de hecho puede fortalecerlo si reduce presión social.

Para que el país avance hacia una transición democrática, necesita cambios estructurales: reglas electorales creíbles, instituciones más independientes, garantías políticas y una negociación que no sea simbólica, sino verificable. La gran lección del momento venezolano es clara: la economía puede detener el colapso, pero sin apertura política real, lo que se estabiliza no es la democracia, sino el control.

Si Venezuela quiere pasar del alivio económico parcial a una salida democrática, tendrá que convertir esa estabilidad en un acuerdo nacional serio, con garantías, competencia y una ruta clara hacia alternancia. Sin eso, el país seguirá en una estabilidad incompleta: suficiente para sobrevivir, pero insuficiente para reconstruir una democracia funcional.

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