La política de Estados Unidos hacia Venezuela está entrando en una fase distinta. Ya no se presenta únicamente como una campaña de sanciones o un pulso ideológico contra el chavismo, sino como una estrategia por etapas que, según el secretario de Estado, busca tres objetivos centrales: seguridad inmediata, recuperación económica y un camino hacia la democracia.
Ese fue el mensaje que Washington transmitió con claridad ante legisladores en una audiencia reciente donde se discutió el futuro venezolano tras meses de presión creciente, operaciones de control marítimo y un escenario interno marcado por incertidumbre política y fragilidad social.
En su intervención, el secretario de Estado (Marco Rubio) insistió en que la meta final de Estados Unidos es avanzar hacia una Venezuela “estable, amistosa y próspera”, pero dejó claro que ese resultado no se pretende alcanzar de golpe. Por el contrario, se propone una ruta gradual, que combine medidas de estabilización con herramientas de presión y condiciones políticas.
El enfoque busca evitar dos riesgos que se han convertido en obsesión para Washington: un colapso institucional que dispare una crisis humanitaria aún mayor, y un vacío de poder que derive en violencia generalizada o expansión del crimen transnacional.
La declaración llega en un contexto delicado. Venezuela se ha vuelto un punto de choque entre geopolítica energética, seguridad fronteriza, migración y legitimidad democrática. Y cualquier movimiento de Estados Unidos —sea militar, económico o diplomático— tiene efecto dominó en América Latina.
Por qué la “seguridad” es la primera fase del plan estadounidense
Para entender la estrategia, hay que comenzar por el concepto que Washington repite con más fuerza: seguridad. Estados Unidos sostiene que Venezuela se ha convertido en un nodo donde convergen redes ilegales con impacto regional. En el relato oficial, el problema no es solo un gobierno cuestionado, sino un ecosistema que incluiría tráfico ilícito, estructuras armadas, corrupción operativa y rutas marítimas que se utilizan para mover mercancías ilegales.
El planteamiento estadounidense es que sin reducir ese entorno de inseguridad, cualquier plan de reconstrucción o transición democrática sería inviable. En términos prácticos, eso significa:
- Control de rutas marítimas y vigilancia de embarcaciones sospechosas
- Presión sobre intermediarios y redes financieras vinculadas al comercio petrolero
- Cooperación con países vecinos para frenar cadenas de contrabando
- Desarticulación de organizaciones transnacionales que operan entre fronteras
La seguridad, en esta visión, no es un capítulo más: es el piso mínimo para que el Estado venezolano no se fragmente y para que la región no absorba las consecuencias.
Recuperación económica: estabilizar sin fortalecer un modelo cerrado
La segunda pata de la estrategia estadounidense es la recuperación económica, pero con una condición política implícita: que la recuperación no termine reforzando un sistema autoritario sin contrapesos.
Venezuela mostró en los últimos años una estabilización parcial, especialmente en zonas urbanas, impulsada por dolarización informal, reactivación limitada del comercio y un “reordenamiento” del consumo. Sin embargo, los fundamentos estructurales siguen débiles:
- alta dependencia del petróleo
- infraestructura pública deteriorada
- desigualdad extrema entre quienes ganan en dólares y quienes no
- deterioro del salario real
- servicios básicos inestables fuera de centros urbanos
Para Washington, la idea de recuperación parece apuntar a reconstruir capacidades mínimas: servicios públicos, estabilidad monetaria y operatividad económica básica, con apoyo externo condicionado y reglas más claras de manejo de ingresos.
Un punto que gana relevancia en esta fase es el manejo de los recursos petroleros. En el debate político estadounidense, el petróleo venezolano se percibe como palanca central: puede financiar estabilidad o profundizar distorsiones, dependiendo de quién lo controle y bajo qué reglas.
Democracia: el objetivo final, pero también el más complejo
El tercer objetivo declarado por Estados Unidos es la democracia, presentada como meta final del proceso. Sin embargo, es la parte más difícil porque no depende solo de presión externa, sino de condiciones internas muy específicas.
Una transición democrática requiere más que una elección: necesita un ecosistema político con garantías reales. Eso implica:
- autoridad electoral percibida como confiable
- habilitación efectiva de actores políticos competitivos
- respeto de derechos civiles y libertades políticas
- independencia judicial mínima
- capacidad del Estado para aceptar alternancia sin caos
En Venezuela, el problema de fondo es que los procesos electorales han sido fuente constante de conflicto y desconfianza, y el sistema institucional se percibe muy concentrado. Por eso, aun cuando Washington prometa “democracia”, la pregunta real es: ¿qué instrumentos tiene para producir un cambio sostenible sin detonar violencia o colapso?
El plan por etapas: cómo lo explica Washington
La idea de estrategia “fásica” o por etapas es, en esencia, un intento de evitar errores históricos. Estados Unidos quiere evitar el escenario típico de intervenciones que generan vacío de poder y una crisis más grande que el problema original.
Según lo expuesto por el secretario, el enfoque puede resumirse así:
| Etapa estratégica | Objetivo central | Herramientas principales |
|---|---|---|
| Seguridad inmediata | Control del entorno y reducción de amenazas | Operaciones, presión marítima, cooperación regional |
| Recuperación económica | Reactivar servicios, reducir colapso social | Condiciones para apoyo externo, manejo de ingresos, estabilización |
| Ruta democrática | Elecciones creíbles y transición política | Presión diplomática, negociación interna, garantías institucionales |
Este enfoque, sobre el papel, luce ordenado. Pero su éxito depende de un factor decisivo: cómo reaccione la estructura real de poder en Venezuela y qué tan capaz sea la oposición de capitalizar un cambio.
Datos sociales que explican por qué Venezuela es “prioridad regional”
Estados Unidos justifica su interés no solo por ideología, sino por el impacto continental de la crisis. Venezuela es un fenómeno regional, especialmente por migración y economía.
| Indicador clave | Situación aproximada | Efecto sobre la región |
|---|---|---|
| Migración venezolana | Entre las más grandes del mundo | Presión sobre servicios, empleo y política en países receptores |
| Pobreza y salario real | Persistente | Incentivo continuo a migrar |
| Dolarización informal | Alta en ciudades | Desigualdad y economía partida |
| Servicios públicos | Inestables fuera de centros urbanos | Crisis humanitaria silenciosa |
| Dependencia petrolera | Dominante | Vulnerabilidad ante bloqueos o shocks |
En Washington, estos elementos alimentan una conclusión: si Venezuela no se estabiliza, la región paga la factura.
El efecto petróleo: palanca económica y arma política
Ninguna estrategia sobre Venezuela existe sin petróleo. Incluso en un país con economía debilitada, el petróleo sigue siendo el corazón del flujo de divisas y poder.
Estados Unidos ha intensificado en meses recientes el control sobre redes de exportación, buques y rutas relacionadas con el crudo venezolano. El decomiso de petroleros, el aumento de vigilancia marítima y la presión sobre intermediarios crean un entorno donde exportar es más riesgoso y caro.
Ese control tiene dos funciones:
- limitar ingresos que fortalezcan estructuras cerradas
- obligar a que cualquier recuperación económica dependa de condiciones verificables
Pero este enfoque también genera riesgo: si la presión es excesiva, puede reducir ingresos al punto de empujar al país a una crisis social mayor, lo cual incrementaría migración y desestabilización. Por eso el gobierno estadounidense intenta presentarlo como “presión calibrada”.
Qué significa esta estrategia para los venezolanos comunes
El gran problema es que, cuando se habla de seguridad, democracia y recuperación, el ciudadano común escucha otra cosa: electricidad, comida, salario, medicinas, transporte.
Para la mayoría, la pregunta no es geopolítica. Es práctica:
- ¿bajarán los precios?
- ¿habrá empleo estable?
- ¿volverán los servicios?
- ¿se reducirá el miedo y la violencia?
- ¿podrán regresar familiares migrantes?
En Venezuela hay una sensación creciente de que existe una estabilización mínima en algunos lugares, pero no un cambio estructural. Cualquier plan externo que no incorpore mejoras reales en la vida diaria corre el riesgo de volverse irrelevante ante la población.
Riesgos del plan estadounidense: el dilema entre presión y caos
La estrategia de Washington enfrenta un dilema clásico: cuanto más presiona, más puede lograr, pero también más puede romper.
Entre los riesgos más citados por analistas están:
- reacción nacionalista dentro de Venezuela, que cierre filas
- fragmentación de poder, que genere conflicto interno
- debilitamiento económico, que eleve migración masiva
- desconfianza regional, por temor a precedentes de intervención
Además, en América Latina cualquier acción estadounidense sobre un país soberano suele despertar rechazos diplomáticos, incluso entre gobiernos que no simpatizan con el chavismo.
El papel de América Latina: cooperación, cautela y líneas rojas
Para que el plan estadounidense funcione, necesita un entorno regional que no sea hostil. La cooperación de países vecinos es clave en seguridad, migración y control de redes transnacionales. Pero la región tiene límites políticos claros: muchos gobiernos rechazan medidas que perciben como intervención directa.
Esto genera una situación compleja: América Latina puede apoyar elecciones libres y recuperación humanitaria, pero puede resistir cualquier acción que huela a control externo permanente.
En ese sentido, Washington intenta construir un discurso más aceptable: “no buscamos administrar Venezuela, buscamos una transición ordenada”. La credibilidad de esa frase será determinante.
Conclusión: una estrategia ambiciosa con un margen estrecho de error
La estrategia estadounidense en Venezuela, centrada en seguridad, recuperación y democracia, busca presentar un camino racional hacia la estabilización regional. El objetivo final —una Venezuela estable, próspera y democrática— es atractivo para cualquier actor internacional. Sin embargo, el método y el contexto hacen que el plan sea extremadamente delicado.
Venezuela no es un tablero vacío. Es un país con instituciones debilitadas, un tejido social cansado, una economía desigual y una historia reciente donde la presión externa ha producido tanto impacto como resistencia. Por eso, el éxito del plan no dependerá solo del poder estadounidense, sino de tres condiciones internas:
- capacidad real de reconstrucción económica con equilibrio social
- negociación política con garantías verificables
- voluntad de alternancia sin violencia ni vacío de poder
En 2026, Estados Unidos parece estar diciendo que quiere un final distinto para Venezuela. El problema es que el país ya ha visto demasiadas promesas internacionales. Y esta vez, la población no medirá la estrategia por discursos, sino por resultados: menos miedo, más estabilidad y una democracia que se sienta real, no solo posible.