La relación entre América Latina y Estados Unidos ha entrado en una fase de tensión abierta tras la operación militar ordenada por el presidente Donald Trump contra Venezuela. En el centro del debate regional aparece México, que esta semana elevó el tono de su postura diplomática luego de que la presidenta Claudia Sheinbaum denunciara que la ofensiva estadounidense contra Caracas “no puede normalizarse” y que, lejos de resolver problemas, amenaza con “desestabilizar al hemisferio”.
El pronunciamiento de Sheinbaum no es una declaración aislada. Refleja una inquietud creciente entre gobiernos latinoamericanos y actores multilaterales, que temen que la intervención marque un precedente peligroso: el retorno de una política de acción unilateral en la región, con consecuencias en migración, seguridad, energía y estabilidad institucional.
El episodio ocurre además en un contexto delicado. Venezuela atraviesa una prolongada crisis política y económica, el Caribe vive presiones por rutas marítimas y crimen transnacional, y México enfrenta un equilibrio complejo en su relación con Washington: cooperación en seguridad y fronteras, pero sin perder soberanía. Con este telón de fondo, la ofensiva estadounidense pone sobre la mesa una pregunta que en América Latina se escucha cada vez más: quién será el siguiente.
Qué ocurrió en Venezuela y por qué estalló la polémica
La crisis se detonó tras una operación estadounidense que incluyó ataques y acciones directas contra infraestructura estratégica y figuras del poder venezolano. Washington justificó su ofensiva con el argumento de combatir amenazas ligadas al crimen organizado y redes de narcotráfico, además de presuntos riesgos regionales.
Sin embargo, para México y otros países, el problema no está únicamente en la narrativa de seguridad, sino en el método. La intervención militar directa, sin consenso regional amplio ni aval explícito de mecanismos multilaterales, revive recuerdos históricos de injerencias en América Latina. En ciudades desde Buenos Aires hasta Bogotá, analistas advierten que un conflicto escalado podría provocar efectos dominó en toda la región.
México, con una tradición diplomática basada en la no intervención, respondió rápidamente. Sheinbaum calificó la acción como un error estratégico que puede generar “más violencia, más desplazamiento y más polarización” en el continente. En otras palabras, el mensaje es claro: una solución impuesta desde afuera no construye estabilidad, sino incertidumbre.
La postura de México y el peso de la no intervención
México mantiene desde hace décadas una política exterior enfocada en la autodeterminación de los pueblos y la no intervención. Esta doctrina no es solo un marco teórico; en la práctica ha permitido a México dialogar con gobiernos ideológicamente distintos y fungir, en ciertos momentos, como canal diplomático.
En el caso venezolano, México ha buscado históricamente ser puente antes que juez, apoyando iniciativas de negociación y diálogo político. Por eso, la reacción de Sheinbaum tiene un peso especial: no se trata únicamente de una crítica política, sino de una defensa del modelo de convivencia regional.
La presidenta mexicana subrayó que cualquier acción militar en el continente tiene efectos inmediatos en la seguridad regional. Mencionó que el hemisferio ya enfrenta desafíos suficientes: tráfico de drogas, tráfico de armas, crisis humanitarias, aumento de redes criminales y tensión migratoria. En ese contexto, abrir un frente militar adicional equivale a encender una mecha en un terreno seco.
Trump y el giro hacia la presión máxima
Trump ha defendido su estrategia contra Venezuela como una política de presión máxima, bajo el argumento de “restaurar el orden” y frenar amenazas regionales. La retórica recuerda enfoques anteriores, cuando la administración estadounidense endureció sanciones y promovió aislamiento diplomático contra Caracas.
Pero esta vez, el salto fue mayor: el uso directo de fuerza reactivó el temor a una escalada. Incluso gobiernos que han sido críticos del liderazgo venezolano consideran que la vía militar es contraproducente. Señalan que puede consolidar al gobierno de Caracas internamente, fortalecer discursos nacionalistas y cerrar cualquier opción de negociación.
Para la región, la preocupación central es que el conflicto sea utilizado como herramienta política en Estados Unidos y, al mismo tiempo, se exporten sus costos al resto del continente.
Reacciones regionales: condenas, cautela y silencios calculados
América Latina reaccionó con un mosaico de posturas. Algunos gobiernos condenaron de forma directa la operación militar estadounidense, mientras otros optaron por declaraciones cuidadosas. En varios casos, el silencio fue interpretado como estrategia: no todos quieren confrontar públicamente a Washington, especialmente aquellos con dependencia económica, acuerdos de seguridad o presión migratoria.
Aun así, el clima regional es claro: aumenta la sensación de vulnerabilidad. Si una potencia decide intervenir militarmente, se debilitan las reglas implícitas de convivencia hemisférica.
México se colocó entre las voces más firmes, junto con países que piden una salida basada en el derecho internacional. La insistencia mexicana en mecanismos multilaterales busca evitar que un conflicto se convierta en norma.
La dimensión humanitaria: riesgo de nuevas olas migratorias
Uno de los puntos más sensibles en la declaración mexicana es el riesgo migratorio. Venezuela ya es protagonista de uno de los mayores desplazamientos humanos del hemisferio. Una escalada militar podría transformar un flujo migratorio sostenido en una emergencia regional.
México teme un efecto inmediato en la frontera sur y en la ruta migratoria hacia Estados Unidos. Si aumentan los desplazamientos, México quedaría atrapado nuevamente como país de tránsito y contención. Eso explica por qué Sheinbaum habla de desestabilización hemisférica: para México, el impacto no es abstracto, es práctico y directo.
Además, los países receptores podrían enfrentar tensiones sociales y económicas, generando choques políticos internos en varios gobiernos.
Impacto económico: energía, comercio y mercados en alerta
La economía venezolana tiene un componente estratégico: energía. Cualquier golpe a infraestructura petrolera o a rutas de exportación genera nerviosismo en mercados, especialmente cuando el mundo sigue sensible a interrupciones de suministro.
Aunque Venezuela no domina el mercado global como en décadas anteriores, sigue siendo un actor energético relevante para el Caribe y para dinámicas regionales. Un conflicto puede elevar costos logísticos, tensionar seguros marítimos y desestabilizar acuerdos de comercio.
También existe un riesgo financiero indirecto: los mercados suelen castigar la incertidumbre. La percepción de un hemisferio más inestable puede reducir inversión, encarecer créditos y aumentar volatilidad en monedas regionales.
Tabla informativa: efectos potenciales de una escalada en Venezuela
| Área afectada | Efecto inmediato | Riesgo regional |
|---|---|---|
| Migración | Aumento de desplazamientos forzados | Presión en México, Centroamérica y EE. UU. |
| Seguridad | Incremento del crimen transnacional | Mayor tráfico de armas y expansión de redes ilegales |
| Energía | Interrupciones en exportación e infraestructura | Alza de costos, tensión en países dependientes |
| Política regional | Polarización diplomática | Bloques enfrentados y debilitamiento de consensos |
| Economía | Caída de inversiones y mayor incertidumbre | Volatilidad en monedas y comercio |
La lectura mexicana: por qué Sheinbaum habla de “desestabilizar el hemisferio”
La frase no es casual. México entiende el hemisferio como un sistema conectado. Un conflicto en Venezuela no se queda en Venezuela. Los impactos atraviesan fronteras de forma rápida: migrantes, rutas criminales, precios, alianzas políticas y tensión social.
Sheinbaum remarcó que los problemas regionales requieren soluciones regionales. En esa lógica, la intervención de Estados Unidos no solo interrumpe procesos diplomáticos, sino que altera incentivos. Actores armados pueden aprovechar el caos, y gobiernos vecinos pueden verse presionados a alinearse, alimentando divisiones.
México teme también una narrativa peligrosa: que el uso de fuerza se convierta en herramienta para resolver crisis políticas. Para la región, eso sería retroceder décadas.
Qué puede pasar ahora: escenarios posibles
El conflicto abre varios escenarios. El primero es una escalada prolongada, con represalias, respuesta militar venezolana o acciones indirectas mediante aliados. Ese escenario eleva el riesgo para el Caribe y el norte de Sudamérica, con impactos que se sentirían en todo el continente.
El segundo escenario es una “operación corta” con objetivos limitados, tras la cual Washington intentaría imponer condiciones políticas o reforzar sanciones. Aunque menos destructivo que una guerra abierta, igualmente podría generar inestabilidad y reforzar la crisis interna venezolana.
El tercer escenario es una salida diplomática forzada. Si la presión internacional aumenta, podrían activarse negociaciones. En ese punto, México busca posicionarse como actor útil, promoviendo mesas de diálogo y evitando que la región quede atrapada en un conflicto mayor.
Conclusión: un hemisferio en tensión y una advertencia desde México
La declaración de Claudia Sheinbaum es más que una crítica a Trump. Es una advertencia sobre el futuro inmediato de América Latina. Para México, la intervención militar contra Venezuela es una chispa en un entorno ya sobrecargado. Y cuando el entorno es frágil, cualquier chispa puede convertirse en incendio.
En un continente donde la migración se ha vuelto tema central, donde el crimen transnacional opera como red, y donde las economías todavía buscan estabilidad, la posibilidad de una escalada militar representa un riesgo que nadie puede minimizar.
México apuesta por una salida política, diplomática y regional. Su mensaje es que el hemisferio no necesita más guerras, sino más acuerdos. Y mientras la tensión crece, la región observa con inquietud si esta crisis será un episodio aislado o el comienzo de una etapa más peligrosa para todos.